sábado, 22 de septiembre de 2012

En el ojo de las tormentas

 
Hay que hacerse a la idea: las tormentas llegaron para quedarse entre nosotros, con toda su furia destructiva.
Lo que antes veíamos solo en películas o informes de televisión ocurriendo en lejanas zonas tropicales, lo sentimos cada vez más en carne propia. Torrenciales lluvias con vientos huracanados que dejan a centenares o miles de familias sin hogar. Barrios enteros inundados por las aguas desbordadas. Techos acribillados por granizos de gran tamaño. Paredes arrancadas desde los cimientos.
Hasta ahora convivíamos con el mito de que el Paraguay está a salvo de las grandes catástrofes naturales que azotan a otros puntos del planeta.
A fines del siglo XIX, un sabio suizo se internó en el corazón de las tinieblas a desentrañar los secretos de la madre naturaleza. En su selvático rincón sobre el río Paraná, Moisés Santiago Bertoni elaboró un calendario climático que durante más de una centuria fue capaz de predecir con precisión casi milimétrica los días de lluvia, y cada campesino paraguayo se guiaba por él para programar los ciclos de siembra y de cosecha, o hasta para organizar las fiestas populares.
Pero en las décadas del 60 y 70, cuando la dictadura del general Alfredo Stroessner regaló las mejores tierras fronterizas a los grandes fazendeiros brasileños, la era de la sojalización arrasó con casi todo el Bosque Atlántico, dejando vastos campos pelados como mesa de billar.
El clima se alteró radicalmente: calor insoportable, tormentas irascibles, y hasta fenómenos nunca antes vistos, como colas de tornado, o remolinos de nubes.
El vendaval apocalíptico que hirió a varias regiones del país, y especialmente a la ciudad de Mariano Roque Alonso, en la noche del martes -que dejó al menos 4 muertos y unas 10.000 familias damnificadas- nos muestra cómo la naturaleza nos está pasando la factura de todo el daño irracional que le causamos.
Y además nos revela la manera frágil, vulnerable e improvisada en que seguimos actuando.
No hay buenas políticas de Estado ni infraestructura adecuada para prever y enfrentar los azotes del clima. No hay un organismo estatal especializado, como en otros países, y aunque se ha asignado a la siempre precaria Secretaría de Emergencia Nacional la facultad de coordinar a otras instituciones, ello no ocurre en la práctica. No hay capacidad de reacción rápida, y ya hemos visto cómo poblaciones enteras se quedan sin agua y sin luz, abandonadas a la intemperie, por largas horas o días.
Casi todo es asistencialismo de emergencia, limitado a repartir víveres y chapas el día después de mañana. Puro parche o aspirina sobre la herida profunda. Correr a apagar incendios, antes que prevenirlos. O un espectáculo aun más triste: autoridades e instituciones que compiten en llevar su ayuda con su aparato de márketing electoral, en lugar de trabajar coordinadamente.
 
(Publicado en la columna "Al otro lado del silencio", diario Última Hora, edición del sábado 22 de setiembre de 2012).

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